El abuelo ,

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El abuelo ,

Mensaje  ferro57 el Sáb Jul 18, 2009 4:18 am

Desde el balcón, Carlos veía alejarse la ambulancia que llevaba a su abuelo. Se desvaneció mientras lo afeitaban y el médico de urgencia aconsejó trasladarlo al hospital para hacerle algunas pruebas. Carlos nunca había vivido un hecho similar y se quedó impresionado. Sobre todo, el ver al abuelo inconsciente y a merced de otras personas. Su hermano Javier intentó consolarle:
-Ya verás como no es nada de importancia. En unas horas volverá a casa como nuevo.

Él no estaba muy seguro de eso y se quedó sentado a los pies de la cama recorriendo con la mirada cada rincón de la habitación. Por debajo de la almohada asomaba el transistor que cada noche colocaba allí el anciano para escucharlo sin molestar a los demás. Carlos comprobó que aún funcionaba. Lo apagó y fue a dejarlo en el escritorio. Allí vio unos folios escritos, con la letra inconfundible de su abuelo, de trazos grandes; y como si alguien, una vez escritas las palabras, hubiese movido el papel dejando el texto tembloroso.
Sintió curiosidad, tomó los folios y comenzó a leer…

Mi querida esposa: ¿Sabes? Ya no vivo en nuestra casa. Dicen que no puedo vivir solo, que se me olvidan las cosas, que soy un peligro para mí y para los vecinos. Parece ser que, en un par de ocasiones, se me olvidó apagar el gas; salió humo de la cocina y llamaron a nuestro hijo… Me contaron que algo hice con los grifos y con el vecino de abajo. Seguro que exageran para salirse con la suya. Quieren tenerme vigilado.
Pero lo peor fue mi caída. No sé que me ocurrió. Acababa de cenar e iba a ver un partido en la televisión. Medí mal la distancia al sillón y caí al suelo. Se me abrió una brecha en la cabeza y salí a la escalera a pedir ayuda. Me encontró Encarna, nuestra vecina, ¿Recuerdas lo que te quería? ¿Lo que se preocupaba por nosotros? Ella avisó a nuestro hijo, me curó y esa noche ya no dormí en nuestra cama. No me preguntaron ni si quería irme. Ahora no decido nada, lo disponen todo por mí. De momento estoy en la habitación de Javier, nuestro nieto mayor. Él está poco por casa. ¿Te acuerdas de los muebles que le regalamos cuando hizo su primera Comunión? Pues en esa cama estoy durmiendo yo ahora. Él lo hace en el cuarto que su madre usa para planchar.
Paco, nuestro hijo, nos ha dicho que con paciencia nos instalaremos mejor, que todos tenemos que poner un poco de nuestra parte. Pero yo quiero volver a nuestra casa. Allí me haces compañía. Ellos no lo entienden. Les he dicho que pondré más cuidado en las cosas…; no me creen. “No nos compliques más la vida papá ­-dicen-, ya está todo bastante enmarañado. Colabora, ¡haz el favor!”.

A partir de ahí, ya me tengo que callar. ¿Tú crees que tienen razón? Los días que disponen de tiempo (son pocos) damos una vuelta por nuestra casa. Está todo como tú lo dejaste. Bueno, te he dicho una mentirijilla; las plantas no están como tú las dejaste. También te echan de menos y están tristes. ¿Te acuerdas cuando por la mañana las regabas y les decías cosas? Yo te miraba y sonreía. Lo habías visto en un programa de la televisión. “Hay que hablarles -me decías- son seres vivos… y me entienden”. Te aseguro que tenías razón. Yo les doy agua, pero no les hablo. Y se les nota. Cada día más…

Poco a poco nos hemos ido llevando mi ropa, sólo la que tengo en uso. Lucía, nuestra nuera, me ha renovado algunas cosas. “Esto ya no está decente, abuelo”. Ella dispone lo que está apropiado para que yo me vista… En la habitación de Javier, donde duermo, se amontonan los libros, trofeos de sus campeonatos de fútbol, raquetas, discos y yo qué sé más. Ah sí, peluches. Muchos peluches. A veces me hace el efecto que desde su estantería me miran y se dicen unos a otros: “Y este tío, ¿de dónde ha salido?”.

¡Con lo grande que es ya nuestro nieto y el amor que le tiene a sus peluches! Es muy bueno, ahora está trabajando y preparando oposiciones. Por las noches se queda hasta muy tarde estudiando en el despacho de nuestro hijo. Y, antes de acostarse, entra a su habitación para remeterme la ropa de la cama; despacio, para no despertarme. Y me da un beso. Él no sabe que lo estoy esperando despierto, aunque me hago el dormido. Durante esos ratos, pienso en lo que he jugado con él cuando era pequeño, sobre todo al fútbol, y cuando me decía: “Abuelo, enséñame a chutar fuerte, como lo haces tú”. Y se enfadaba, porque el balón no llegaba todo lo lejos que él quería. Es al que menos veo de todos ahora, porque está muy ocupado. Por eso lo espero cada noche. Ese beso me sabe a gloria bendita.

Algunas mañanas me levanto cuando todos están aún durmiendo. Con poco que duerma tengo bastante. Ellos tampoco lo entienden. ¿Sabes a qué me levanto? Para ver a los pájaros, pasan bandadas de estorninos hacia los campos en busca de comida. Con las primeras luces del sol emprenden el camino. Me gusta observar su vuelo. Si entra Paco a la habitación y me ve detrás de los cristales del balcón contemplando ese espectáculo, se enfada conmigo
-Papá, ¿tú no ves que si te enfrías va a ser peor?
Y tengo que darle la razón. Yo me vestiría, tampoco me dejan. Dicen que a veces lo hago mal, que me pongo las prendas al revés. Si sabré yo vestirme…

Todos los días me tengo que cambiar de ropa. Y me duchan muchas veces a la semana. Me da un poco de vergüenza… Pero tengo miedo a caerme en la bañera y dejo que nuestro hijo lo haga. ¿Te acuerdas cuántas veces lloraba él porque que no quería bañarse? Tú me llamabas toda enfadada para que le convenciera…
-Francisco, ven por favor. Tu hijo no quiere lavarse.
-Papá, si no estoy sucio, ya me duché ayer….
Y siempre le convencía y acababa haciéndolo yo mientras tú te marchabas renegando a la cocina para tener su cena a punto en cuanto yo lo sacara del baño todo repeinado y guapo, oliendo a esa colonia que a ti te gustaba tanto que le pusiera. ¿A que se llamaba Nenuco? Luego dicen que no me acuerdo de las cosas…

Ahora yo soy el hijo y Paco se ha convertido en mi padre. Y es duro ¿sabes? Él se ha hecho cargo de mis pastillas y él me las administra. ¡Cómo va pasando la vida y cómo va cambiando todo! Me haces mucha falta. A veces me pregunto ¿Por qué te has ido antes que yo? A ti seguro que te hubiesen dejado tranquila en nuestra casa. A mí no. Y es que no se fían de mí. Tú me tenías muy mal acostumbrado y no me dejan hacer nada en casa. Si quiero quitar la mesa cuando acabo de comer, no me dejan. Creen que se me van a caer los platos o que voy a tropezar. ¡Qué sé yo! Me gustaría sentirme útil, ayudarles un poco… Pero no hay manera.

Todos los días como solo. Cada uno viene a una hora distinta. Lucía se amolda a todos. Nuestro nieto pequeño es el primero que llega a casa. Me gustaría que lo oyeses hablar. Es sesión continúa con él. Desde que entra por la puerta hasta que se vuelve a marchar no para de contar cosas. A mí me distrae mucho y me hace reír. Cuando comemos juntos los dos, quisiera que vieras cómo me cuida. Se empeña en partirme la comida en trozos pequeños
-Para que no te atragantes, abuelo -me dice.
Su madre lo mira y se ríe. Carlos ya tiene 12 años, es muy crío aún. Igual que a su hermano, le gusta mucho el fútbol. Pertenece a un equipo de infantiles del pueblo. Hay domingos que nuestro hijo me lleva a que lo vea jugar. Me encanta ir porque a veces coincidimos con otros abuelos y se me pasa la mañana más rápida; hablamos de nuestras cosas, que es algo de lo que más echo en falta, hablar con gente de mi edad.
Pero yo lo que quiero es estar contigo. Sin ti no sé vivir. Ni quiero. Si pudieras
arreglarlo…

Carlos casi no distinguía ya las letras. Las lágrimas acudían generosamente a sus ojos. Abrazó los folios contra su pecho y se dejó caer en la cama que tan sólo horas antes había ocupado su abuelo. Y evocó a su abuela. Siempre estaba contenta. Cantaba mucho mientras cocinaba; sus flanes eran deliciosos y el arroz a la cubana nadie lo hacía tan bueno. Le gustaba mucho el ganchillo; cada figura, jarrón o cenicero de su casa descansaba en un tapete hecho por ella. Entonces, le vino a la memoria un día en que pidió a su abuela que le enseñase a él a hacerlo y cómo se sorprendió cuando ella estalló en una carcajada, a la vez que le decía que eso era cosa sólo de chicas…

El ruido de la llave en la puerta de la casa sacó a Carlos de sus recuerdos. Saltó de la cama y fue corriendo hacia la puerta esperando ver al abuelo. Su madre se adelantó y le dio un abrazo a la vez que le susurraba: “El abuelo se ha marchado al cielo…”. Miró a su padre, caían lágrimas por su rostro.
Javier se unía al grupo a la vez que preguntaba:
-¿Qué ha ocurrido, papá…?
Antes de que su padre pudiera contestar, Carlos, con voz emocionada dijo:
-Ha ocurrido… que la abuela lo ha arreglado…
Y les entregó los folios escritos por el abuelo, de los que no se había separado…
Blog de la autora: http://blogdemaat.blogspot.com/
Maat, finalista del Certamen Canal-Literatura 2009
Maat -Guadalupe García Enríquez

ferro57

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